Arcadi ESPADA, sobre lenguas y revanchas

En el principio fue la Mirada y luego el Verbo

No conozco a nadie que haya elegido su lengua. Alguno habrá, desde luego, porque el vicio es vasto; pero no tengo ninguna noticia, ni directa ni indirecta. Hasta tal punto es un asunto inaudito el de elegir lengua que el romanticismo más torvo, consciente de la falla liminar, suele señalar disimulando que es la lengua la que lo elige a uno. Estupidez que por mucho que se disfrace de inconsútil metáfora es aún más sonora que la de pensar que los padres eligen a sus hijos. No, la lengua no forma parte de nuestro hipotético libre albedrío, como tampoco la propia facultad de hablar. Aunque raros en términos estadísticos hay casos de personas que aprenden una lengua distinta de la doméstica y desarrollan en ella las funciones expresivas habituales, tanto del afecto como del comercio. Pero, obviamente, esos cambios lingüísticos son un efecto y no una causa. Se cambia de grupo social, de ciudad, de país, por motivaciones económicas o sentimentales, y estos cambios suelen traer a veces cambios de lengua. Pero ni siquiera en Cataluña, que es el lugar donde yo tengo más observado el particular, hay estupidez individual y colectiva suficientes como para decir de los implicados que cambiaron de lengua… a causa de la lengua.
Yo tenía poco menos de veinte años cuando decidí aprender una lengua más. Aprender en un sentido ligeramente distinto al de aprender el francés, que era la única que había mal aprendido en los años escolares. Esta vez se trataba de aprender una lengua con la que vivir, dado que la lengua catalana era una de las dos que se hablaba donde yo vivía y vivo. Las razones fueron estrictamente comerciales. Noté en muchas chicas a las que trataba (y sobre todo en las que quería tratar más a fondo) que el catalán era la primera lengua que les salía de la boca; y por otro lado iba a dedicarme al periodismo, que es un oficio donde la lengua es todo. La aprendí sin mayor esfuerzo.
Las expectativas comerciales del aprendizaje se vieron rápidamente colmadas. Hasta el punto de que durante una larga temporada sólo escribí en catalán, porque era la única lengua en la que me pagaban. Al principio usaba un catalán muy leído; pero como empecé a hablar la lengua con naturalidad el número de mis interlocutores aumentó y con él la cantidad y la calidad de mi léxico coloquial. Tuve suerte también de que por aquel tiempo Xavier Pericay y Ferran Toutain acabasen de publicar Verinosa llengua, un libro muy importante en mi vida, que neutralizó mi tendencia al amaneramiento y que con las reflexiones de Cyril Connolly es de lo mejor que habré leído contra el estilo mandarín. Mi vocabulario en catalán era más limitado que en castellano, pero eso le pasaba a la mayoría de personas, incluidas las que tenían el catalán como lengua doméstica. La mayor potencia de la otra lengua catalana (que es el castellano, lo que son las cosas) y la larga dictadura franquista habían limitado las posibilidades de lectura en catalán (y también de los medios audiovisuales) y esas circunstancias afectaron a lo que podríamos llamar la verosimilitud léxica. Durante muchos años no se pudo decir en catalán: “Arriba las manos” o “Mala puta”, no tanto, desde luego, porque las palabras no existieran sino porque prácticamente no existían los ladrones ni las putas catalanas.

Pero, en fin, cuando la palabra saltaba a la cabeza en castellano y el papel estaba contratado en catalán se traducía en la misma cabeza (para qué salir) y santas pascuas. A veces la traducción complicaba el texto, porque se producían disonancias, rimas, esos barrillos, y había que montar de nuevo la frase. Otras veces sucedía al revés: la palabra, hasta aquel momento desconocida, no sólo encajaba como un guante en la estructura sino que la hacía más brillante. En el paso de lenguas siempre encontré la palabra, y nunca me quedé mudo ni como si me hubieran extirpado la vesícula, que es el aire que expelen los del traduttore/traditore. El contacto de lenguas siempre permite mejoras rápidas y eficaces. Gracias al catalán metí en mi castellano la forma apalizar y me evité la incómoda perifrástica o esos sinónimos (más  o menos) que acaban de salir del armario y aún llevan las plumas, caso de vapulear, apalear (sin palo) y compañía. Gracias al castellano (y en este caso timbrado con el sello del poeta Espriu, que me hizo el salvaconducto en persona) metí en mi catalán el directísimo algo para evitarme las vueltas y revueltas de alguna cosa y, sobre todo, para evitarme el untuoso quelcom. Ni que decir tiene que esa actividad, que ni siquiera he abandonado en mis clases universitarias, ha sido observada siempre con extrema renuencia por los aduaneros de ambas fronteras. Pero para cualquiera de ellos valga la sentencia del gramático Ruiz Campillo: “En lo que censuran de nuestra lengua está la clave de lo que es nuestra lengua.”

El paso del tiempo fue variando la superficie de este planteamiento. Primero por azares de mercado me fue siendo cada vez más fácil escribir en castellano y cada vez más difícil hacerlo en catalán. Y aún pasó algo más: paulatinamente el catalán se fue convirtiendo, en los periódicos, en las radios y en las televisiones, en una lengua limitada a una serie de casos. El caso de hablar mal de Cataluña (a lo que habré dedicado parte grande de mi vida) no estaba contemplado y para hacerlo no tuve más remedio que decantar mis usos lingüísticos hacia el castellano, y aun hacia el francés y el alemán, que son los otros dos idiomas en que he logrado, aunque episódicamente, morder la mano que me da de comer. Sin embargo semejante decantación no ha enmascarado, ni siquiera levemente, una convicción fundamental: la de que yo uso una sola lengua. Las pequeñas, y casi divertidas, variaciones de color, de música, de acentos, de grafías entre castellano y catalán no lograrán hacerme creer nunca, ni a mí ni a nadie con dos dedos de frente, que se trata de dos lenguas. No, no hay lugar para el plural. De ahí que siempre haya observado con gran desconfianza los intentos por presentarlas como agua y aceite. O por adjudicar a la imposición escolar de una u otra los fracasos educativos, como se hizo en el franquismo con la imposición del castellano y como se hace ahora con la imposición del catalán. Y si he defendido y seguiré haciéndolo el derecho de los padres catalanes a educar a sus hijos en castellano no es por razones técnicas, es decir, porque crea que la inmersión lingüística hará más tontos a sus hijos. No: sólo he defendido su derecho a tener caprichos. La política democrática no es sólo la gestión de la supervivencia. También gestiona los caprichos. Y no es posible que los caprichos caigan sistemáticamente a un solo lado de la raya.

Alguien podría pensar que estas conclusiones sólo tienen como objetivo el descrédito del nacionalismo y su minusvaloración. Dado que el nacionalismo catalán, como cualquier otro que no esté basado en la raza, la etnia o la religión, se acoge a la diferencia lingüística, parecería que poniendo de manifiesto la inanidad técnica de esta diferencia se haría lo propio con el nacionalismo y su global pretensión diferenciadora. Parece lógico, pero es un error. Yo estoy por el descrédito permanente del nacionalismo porque me parece una ideología maligna. Pero que un factor diferencial sea irrisorio no me lleva, desde luego, a minusvalorar su importancia y, sobre todo, su capacidad de intimidación. Todo lo contrario. La base de las diferencias puede ser sutil y limitada; pero esa característica no prejuzga sus efectos. Es más: cuando las distinciones son vagas (y hasta camuflables) el margen de arbitrariedad del autócrata, su capacidad de manejo de la situación se ensancha. Así sucedió con aquella memorable corrección que Jordi Pujol, ex presidente de la Generalitat de Cataluña, introdujo con el tiempo en el lema de su casa. Si durante los años sesenta había establecido que “catalán es todo aquel que vive y trabaja en Cataluña”, una década después añadiría como definitivo estrambote: “… y que quiera serlo”. Lo realmente extraordinario de esa supuesta libre voluntad es que en el fondo venía decidida (y evaluada) por el otro. Durante la ocupación nazi de Francia se planteó, como pasó en otros territorios, la pregunta de quién era judío. Se hicieron genealogías, tablas, códigos, que en la mayoría de los casos sólo sirvieron para decidir quién entraba primero en la cámara de gas. Ser judío era algo mucho más incierto de lo que pudiera parecer. La cuestión la zanjó Sartre: “Es la mirada del otro la que convierte a alguien en un judío.”

Así es. Esa mirada trabaja con materiales sumamente volátiles. Una vocal abierta o una ese sonora le bastan para cargarse de razón. Para dotar de una apariencia de rigurosa objetividad a esa mirada que se estableció en la tierra antes que el primer deslinde.

Arcadi ESPADA es periodista y escritor.

Artículo publicado en LETRAS LIBRES.

English is enough, right?

 

The internationalisation of English has begun to provoke a two-fold enervation. In many societies, imported English, with its necessarily synthetic, ‘pre-packaged’ semantic field, is eroding the autonomy of the native language-culture. Intentionally or not, American-English and English, by virtue of their global diffusion, are a principal agent in the destruction of natural linguistic diversity. This destruction is, perhaps, the least reparable of the ecological ravages which distinguish our age. More subtly, the modulation of English into an ‘Esperanto’ of world commerce, technology, and tourism, is having debilitating effects on English proper”.

George Steiner “After Babel”, 1973.

Why proper English rules OKby Simon Kuper, Financial Times.

There are several ways to overcome the problem of communication between people who speak different mother tongues. None of these ways is ideal. One solution, obviously, is that one of the interlocutors speaks the language of the other. Problems may arise: the knowledge of the language may not be adequate, one side is making a concession and the other has an immediate and significant advantage, there are possible political implications, it may be difficult to apply in multilateral diplomacy, etc. A second possibility is that both sides use a third, neutral, language. A potential problem may be that neither side possesses full linguistic knowledge and control, leading to possible bad misunderstandings. Nevertheless, this method is frequently applied in international practice because of its political advantages. A third formula, using interpreters, is also very widely used, particularly in multilateral diplomacy or for negotiations at a very high political level – not only for reasons of equity, but because politicians and statesmen often do not speak foreign languages.

So, which language is the diplomatic one? The answer is not simple at all. To start with, there is no single diplomatic “lingua francathat could be inscribed in the above-mentioned catchphrase. In the past there were periods when one language or another served as a common, widely-used means of inter-state communication, although usually limited to certain geographic areas or political groups of countries. Such a role was played by Acadian (Asyrian-Babilonian), by literary Chinese, by Greek “koin`e” (a mixture of dialects, based mainly on Ionic and Attic), and later by mediaeval Greek, then Latin, Arabic, Turkish, and yet later by Spanish, Portuguese, Russian, Italian, Dutch, German, French, and recently, more and more, by English. Very often attempts have been made to impose one language or another, with the argumentation that it is “clearer”, “more flexible”, “more expressive”, “more eloquent, subtle or refined”, “most suitable for international negotiations”, etc. The mere fact that historically such a role has been taken in turns by so many languages proves that linguistic or semantic reasons are not decisive. On the contrary, it can be said that the dominant role of one language or another in diplomacy has resulted from the political, strategic, economic, cultural or other domination of one power or another in international relations.

J. Kurbalija and H. Slavik, Language and Diplomacy, 2001.

F. XAVIER VILA: language problems in Catalonia?

Un nou conflicte per saber qui mana

 A finals del 2012 s’ha encetat a Espanya un nou capítol de la lluita centenària per veure com s’organitza la seva coexistència lingüística. Pocs dies després de les eleccions del 25 de novembre al Parlament de Catalunya que van donar una àmplia majoria als partits favorables a organitzar una consulta d’autodeterminació d’aquesta nacionalitat autònoma, el ministre d’educació espanyol va fer públic un projecte de llei que va provocar un enèsim terratrèmol polític. El motiu? Més enllà de les acusacions d’afavorir unes visions neoliberals i reduccionistes de l’educació, el conflicte va esclatar sobretot a causa del paper que la llei atorgava a les autoritats de Madrid en la supervisió del sistema educatiu i pel tractament que atorgava a les llengües altres que el castellà, que és el nom constitucional —a més d’històric i demogràficament majoritari— de la llengua espanyola a Espanya.

Anem però als fets. Atenent-nos estrictament a la seva lletra, és innegable que el projecte implica que el govern espanyol s’atorga unilateralment un grapat de competències: entre altres coses, si aquest projecte es duu a la pràctica, el govern central dictarà el 65% dels currículums escolars, és a dir, convertirà en anecdòtica la capacitat de les autoritats territorials, de les escoles i dels mestres d’adaptar els continguts a les seves circumstàncies. Un nen de les Canàries, al nord d’Àfrica, i un del País Basc, a tocar de França, cursaran essencialment la mateixa història, geografia, medi natural… A més, és igualment innegable que el projecte, almenys en la seva formulació inicial, converteix les llengües que no són el castellà i la primera llengua estrangera en matèries secundàries. N’hi ha prou de veure que mentre les primeres hi són considerades “matèries troncals”, és a dir, centrals per a la formació de l’alumnat, les altres no apareixen al projecte més que com a “matèries d’especialització”. De fet, inicialment el projecte del Ministeri fins i tot preveia que l’alumnat dels territoris amb llengües pròpies altres que el castellà podria obtenir els successius títols d’escolarització primària i secundària havent de dominar el castellà però sense saber la llengua pròpia del territori on vivien, un presumpte lapsus que diu molt de la ideologia de qui promou l’esborrany.

El projecte obre un altre front en el terreny de la llengua vehicular. Cal tenir present que Espanya és un dels països més plurilingües d’Europa: un 40% de la seva població resideix en territoris amb més d’una llengua oficial, i encara hi ha altres territoris on les llengües pròpies no són oficials però tenen reconeguts cert estatus i són presents a les escoles. Fins ara, el disseny dels models lingüístics escolars ha depès de les autoritats autonòmiques, i aquestes han optat per fórmules diferents: en alguns territoris hi ha sistemes de línies lingüístiques —on els pares trien la llengua d’escolarització dels fills—, en altres hi ha sistemes amb diferents proporcions de cada llengua, i també hi ha sistemes amb models lingüístics teòricament unificats per a tot l’alumnat. El propòsit del ministre és canviar aquesta situació per tal que a tot el territori espanyol sigui obligatori oferir-hi ensenyament en castellà. De fet, segons quina lectura es faci del text, la llei podria excloure l’ensenyament en llengües altres i obligar que almenys el 50% del currículum es fes sempre en castellà. Amb aquests plantejaments, el conflicte amb les autoritats territorials, sobretot amb Catalunya, resulta inevitable.

Cal no oblidar que els tres darrers segles, l’Estat espanyol ha dut a terme una política sostinguda d’assimilació lingüística, prohibint l’ús i l’aprenentatge de les altres llengües espanyoles i promocionant l’adopció del castellà com a llengua única. No ha estat fins després de la caiguda de la darrera dictadura militar, l’any 1978, que les altres llengües han pogut obtenir l’estatus d’oficialitat, i encara sota moltes condicions i no pas a tot arreu. En aquest context, l’escola ha estat la punta de llança dels processos de recuperació de les llengües minoritzades. Catalunya ha estat capdavantera en aquest terreny: aplicant sistemes d’immersió i convertint el català en la llengua vehicular principal del sistema educatiu, ha aconseguit passar d’un 31% de població alfabetitzada en català l’any 1986, a un 62% l’any 2008, i prop d’un 75% entre els joves. I aquest progrés del coneixement del català s’ha fet sense reculades en el coneixement del castellà, que continua estabilitzat entorn del 100%; sense afeblir els resultats escolars dels escolars, que de fet se situen una mica per sobre de la mitjana espanyola; i sense crear fractures socials entre els parlants de diferents llengües. De fet, l’acord en defensa del sistema vigent a Catalunya és força gran, com demostra el fet que 86% dels representants al Parlament de Catalunya donin suport explícit a l’actual model educatiu

Mancats d’arguments pedagògics i lingüístics per atacar el model escolar català, els detractors del model lingüístic escolar català se centren essencialment en un punt: el model no inclou la possibilitat de fer tot l’ensenyament en castellà. Aquest no és, però, un debat pedagògic, sinó polític, d’arrel clarament nacional(ista). Després de segles d’exaltació unitarista, per a un segment majoritari de l’opinió pública de l’Espanya castellana, la idea d’haver d’aprendre una altra llengua per viure “al seu país” resulta senzillament intolerable. Confonent els termes castellà i espanyol, bona part d’aquesta població es concep com la “normalitat” i viu la diversitat lingüística espanyola gairebé com una agressió. L’exemple d’altres països plurilingües com Suïssa, Bèlgica o el Canadà no són mai tinguts en compte. En canvi, per a una majoria de catalans, la plena integració “al seu país” demana que els nouvinguts acabin sabent la llengua local. I per fer-ho, res millor que educar els infants en català, sobretot tenint en compte que aquesta escola els garanteix saber també el castellà. Per contra, tal com mostren els resultats escolars de València i les Illes, els escolars que assisteixen a centres en castellà o molt bilingües rarament acaben aprenent la llengua local.

És en aquest context que cal entendre les reaccions a la nova llei d’educació. Per a amplis sectors de l’Espanya castellana, aquest és un projecte raonable que els permet passejar-se per la seva geografia prescindint de la llengua autòctona i imposant la seva perspectiva de la història, la geografia i, en definitiva, el món. Per a molts no castellans, en canvi, el projecte és una nova mostra de la tendència històrica del centre a imposar-se per la força als altres pobles d’Espanya. Un nou conflicte, per tant, per saber qui mana. Un nou argument, doncs, per a desvincular-se d’un estat que cada vegada senten menys com a propi.

F. Xavier Vila, professor titular de la Universitat de Barcelona y Director del Centre Universitari de Sociolingüística i Comunicació, ens parla dels models lingüístics escolars a Espanya.

A consecutive demo: los locávoros

THE MAKING OF:

Gemma and I are both interpreters and we were asked to do a speech and consecutive for you to show you just one example of how an interpreter’s consecutive notes are used to convey a message in a lively way, so that the interpreter is taking real ownership of the speaker’s message. As we did not have much time for filming, Lourdes suggested we met beforehand and ran through the speech together to see if there might be any potential stumbling blocks for my notes, as that was the focus of her video this time. So this was not a real test situation (as I was not hearing it totally for the first time) but I had NOT taken notes from it the first time so the film shows me actually taking notes from a speech having heard the story once before. The speech was not read. It was a story that Gemma was telling and she did not necessarily say exactly what she had said when I heard it the first time earlier that day. So it was very close to being a real consecutive situation but not quite!

In a way that is more like a meeting as you would be aware of the subject and vocabulary beforehand and would be conveying arguments which are less unpredictable than in a test or an open competition. The speech was not that difficult and only lasted about five minutes, I think. In a test one might be asked to do a speech of seven or eight minutes and that is perfectly possible when one has been trained to do it.  As conference interpreters we mostly do simultaneous interpretation so consecutive is sadly not such a frequent occurrence but I believe it is the best possible way of learning to be a good interpreter because your powers of analysis and understanding have to come to the fore. You cannot allow yourself to get hung up over one word or the way to say something. The great advantage is that you have the time to listen to the whole speech before you render it in your mother tongue so you are in almost the same position as the speaker and can really try to put across the whole message. That is why I think consecutive interpretation is actually a great deal more satisfying to do even though it never stops being a bit nerve-wracking ! Adrenalin is never a bad thing though and I really recommend all student interpreters not to be scared of consecutive and even to try to enjoy it!”

Anne and Gema are both staff interpreters at the SCIC, DG INTERPRETATION, European Commmission.

Alumnos en fuego cruzado

El ministro de Educación, José Ignacio Wert, ha dicho recientemente en el Congreso que quiere españolizar a los alumnos catalanes. Por su parte, la consellera de Educación, Irene Rigau, dijo en un acto público en Barcelona en julio de 2011 que en Cataluña deberíamos estar todos orgullosos de haber catalanizado el sistema educativo. ¿No responden ambas posturas a posiciones político-partidistas ajenas a la educación?

Desde luego, estas posiciones no son nuevas en España, donde la educación ha estado tradicionalmente dirigida por políticos y ha servido más a los intereses partidistas que a los intereses de los alumnos. Lo más desesperante de todo ello es que ni unos ni otros parecen tener como prioridad el proporcionar a los alumnos una educación moderna, abierta, conocedora de lo propio, pero a la vez cosmopolita, exigente, reflexiva y crítica. Parece ser más importante españolizar o catalanizar, y a ello se dedica tiempo, esfuerzo y también muchos insultos y agresividad, como constatamos cada día.

El sistema educativo catalán es, desde hace tiempo, criticado encendidamente por unos y defendido a ultranza por los otros porque en él se usa una sola lengua vehicular, el catalán. Como es bien sabido, esta es la lengua en la que se desarrolla toda la actividad escolar y el español es enseñado como asignatura durante tres horas a la semana. Recientemente, a partir de las declaraciones del ministro Wert en favor de españolizar a los alumnos catalanes, un nuevo aspecto del sistema educativo catalán está siendo objeto de enfrentamiento entre los dos bandos: los contenidos de las asignaturas de Historia y Geografía. La cuestión de la lengua vehicular, no obstante, sigue siendo motivo de disputa y posiblemente lo seguirá siendo durante tiempo. En este artículo hablaré de esta cuestión.

La situación en la que nos encontramos parece ser, brevemente, la siguiente. Para Rigau y sus defensores, el catalán debe continuar siendo la única lengua vehicular en las escuelas de Cataluña. El llamado sistema de inmersión es considerado por la Generalitat el sistema-único-posible para todos los alumnos catalanes. Hace ya tiempo que fue definido como una “línea roja” infranqueable y cualquier objeción a este modelo, sea del tipo que sea, es inmediatamente rechazada como un ataque al catalán. Se nos dice que el sistema actual es fruto de un amplio consenso ciudadano en Cataluña, a pesar de que no disponemos de ninguna encuesta o estudio de opinión por parte de una institución independiente que avale esta afirmación.

Por su parte, para Wert y sus defensores la única preocupación está del lado del español y raras veces expresan interés en que todos los alumnos también reciban un buen aprendizaje del catalán. A ello se añade el que este bando parece percibir la ausencia del español en las aulas catalanas como una ofensa a ellos y a España, hacia la que reaccionan de forma extremadamente beligerante. Es posiblemente esta sensación de ofensa lo que les atenaza y les impide concretar qué modelo alternativo quieren. A veces dicen que optan por una escuela bilingüe catalán-español para todos los alumnos, y otras veces, por una doble red, con unas escuelas en español y otras en catalán, y la consiguiente elección de una red u otra por parte de las familias. La última idea ha sido, no obstante, otra: querer subvencionar escuelas privadas en Cataluña para que impartan la educación únicamente en español.

Así son las posturas y así son los intereses partidistas de cada bando. Sin embargo, ¿cuáles son los intereses de los alumnos? ¿Cuáles son sus necesidades lingüísticas? ¿Qué es más útil para ellos? ¿Qué es más enriquecedor? ¿Cuál es el deseo de la mayoría de alumnos, el conocer y saber usar bien una lengua o las dos? Tal vez ha llegado la hora de pensar en los alumnos y en lo que es mejor para ellos.

Si analizamos la cuestión objetivamente, parece claro que las necesidades lingüísticas de los alumnos catalanes pasan por el aprendizaje sólido y en profundidad de ambas lenguas, el catalán y el español, además de un aprendizaje adecuado del inglés, cuestión esta de gran calado, pero que no discutiré ahora. Para poder realizar un aprendizaje de ambas lenguas oficiales en condiciones y de manera equitativa para todos los alumnos, estos deberían poder aprender ambas lenguas en la escuela (y no una en la escuela y la otra en la calle), recibiendo asignaturas en ambas, familiarizándose con la terminología académica de ambas y disponiendo del espacio para realizar trabajos escritos y presentaciones orales en ambas. El objetivo prioritario de las escuelas debería ser el de reflejar la realidad bilingüe de Cataluña y equipar a los alumnos para desenvolverse adecuadamente en ella. Aquí debería terminar su función en el campo lingüístico.

El sistema de inmersión que se practica en Cataluña es único en Europa. Ninguna otra comunidad bilingüe de Europa lo ha implementado. Todas ellas han optado por uno de estos dos modelos: una doble red de escuelas, como, por ejemplo, Gales, con una red de escuelas en galés y otra en inglés, o el modelo de escuela bilingüe o trilingüe, como Luxemburgo, donde todas las escuelas imparten la educación en las tres lenguas del país. Nadie nos quiere explicar por qué en Cataluña se ha optado por un modelo monolingüe obligatorio para todos los alumnos, inédito en el resto de Europa. ¿Qué razón pedagógica hay? Nos tememos que ninguna, que el motivo es de otro orden, el de siempre, político.

No es la escuela monolingüe sino la escuela bilingüe la más acorde con los estudios académicos internacionales sobre aprendizaje escolar de lenguas, estudios que ni un bando ni otro citan nunca. Expertos como Jim Cummins, Colin Baker o James Tollefson han demostrado en sus investigaciones que en las comunidades bilingües, la escuela bilingüe, a diferencia de la escuela en una sola lengua, es un modelo más integrador, más efectivo cognitivamente, más adecuado desde un punto de vista afectivo y posiblemente la única manera de proporcionar una alta competencia en ambas lenguas a la mayoría de alumnos.

Sin embargo, lo que sucede en Cataluña es lo contrario de lo que es deseable desde un punto de vista educativo: los alumnos se encuentran actualmente en fuego cruzado, supeditados a unos que les quieren catalanizar y a otros que les quieren españolizar. Los alumnos catalanes son claramente los grandes perjudicados por esta suplantación de su educación lingüística por ideología partidista. Por esta razón es necesario seguir insistiendo en que, tanto en Cataluña como en el resto de España, la educación debería estar únicamente al servicio de los alumnos y los programas escolares deberían guiarse solamente por criterios pedagógicos. En el caso que nos ocupa, sería una educación bilingüe catalán-español la que cumpliría con estos requisitos.

Mercè Vilarrubias es catedrática de lengua inglesa en una de las Escuelas Oficiales de Idiomas de Barcelona y autora del libro Sumar y no Restar. Razones para introducir una educación bilingüe en Cataluña (editorial Montesinos).

Publicado en El País, seis de Noviembre 2012.

La inmersión lingüística en el contexto europeo, Mercè Vilarrubias

Publicado en El País, uno de Abril 2013.

European Commissioner Vassiliou, about languages and interpretation.

Ladies and gentlemen,

This is an important moment for languages in Europe. As we continue our celebration of the European Day of Languages, we have one eye on the past and one on the future.

Ten years ago, in Barcelona, European Union leaders set out an ambitious vision of language-learning and its contribution to every child’s education. The aim was clear: to improve the mastery of basic skills, in particular by teaching at least two foreign languages from a very early age.

Today, it is only natural that we should try to take stock. How useful was the Barcelona target? How much progress have we made so far? Where do we go next? These are some of the questions we will be discussing today and tomorrow.

But before we talk about what needs to be done, I think we should pause to reflect on where we all stand today. To be more precise, I believe this is an opportune moment to consider the place of languages within the European Union. To put it bluntly, do languages still matter, and why?

I would offer a simple response: the day when Europe ceases to speak its many languages is the day that Europe – as an idea, as a project – ceases to exist.

In spite of a profound economic crisis, which has rocked the European Union to its very foundations, our fundamental objective remains the same: to work together for a better society while fully respecting our differences. We continue to believe that freedom, equality, solidarity and diversity can be reconciled in a common endeavour.

Language is essential to this mission. If we no longer take the trouble to learn our neighbours’ language, then we are less likely to understand their concerns, and even less likely to lend a helping hand. Experience tells us that we are more willing to make sacrifices for those that we know and trust. Today as much as ever, culture and language remain potent factors of our sense of community.

I believe the role of language goes even deeper than this: it is about our relationship with our fellow human beings and how we empathise with them. Today, science helps us to understand the workings of the human mind, and one phenomenon is especially interesting for any discussion of language-learning: the act of imitation.

I think many of us would recognise how imitation helps us to learn a new language. Is it not both pleasurable and curious to see how we try, quite instinctively, to imitate the sound of the other’s voice – the accent, the intonation, the style. Imitation is one of the most vital human skills, and the new sciences of the brain are helping us to understand just how important it is.

The scientist and former teacher of English, Iain McGilchrist, has developed this idea. McGilchrist says:

“Human imitation is not slavish. It is not a mechanical process – dead, perfect, finished – but one that introduces variety and uniqueness. The enormous strength of the human capacity for imitation is that our brains let us escape from the confines of our own experience and enter directly into the experience of another being.

This is the way in which we bridge the gap, share in what another person feels and does, and what it is like to be that person.”

I believe that these ideas have major implications for the debate on language-learning and its place in European society. Science is beginning to tell us new things about our mind and how it manages important social functions such as language and our relations with other people.

To put it very simply, if we begin to lose interest in learning other people’s languages – and if we no longer try to imitate our neighbours in this very natural and healthy way – then we no longer enter into their world, and do not empathise with their thoughts and feelings. This, I believe, is the most profound and urgent reason why Europe, perhaps more than ever before, must encourage its people to learn new languages. It continues our historic mission to bring peace to our peoples.

Having briefly looked into the workings of the human mind, let us now return to the global stage and the workings of international relations. When we debate the importance of learning new languages, we are speaking about the European Union’s place in the world. And it is here that I find much of my optimism.

I believe that if this twenty-first century is to be marked by further economic and technological integration, the continued expansion of our communication networks, and greater mobility among our peoples, then the European Union may be better equipped to prosper in this new world than many people believe.

Europe has a long history of managing its own diversity, including its cultural and linguistic variety. Of course, this has not been one long success story. Far from it. The European Union was, at its birth, the response to a catastrophic failure to resolve conflict. Still today we cannot ignore the spread of populist and sometimes xenophobic sentiment in our national politics.

But I believe we can and will overcome these tensions precisely because our diversity has become such a central part of who we are. It’s part of our DNA. So much of our political debate, both national and European, grapples with the question of how we reconcile liberty, equality and solidarity in a multicultural society. This is a permanent conversation across Europe, which has already existed for many years and will continue for many more, and it defines who we are.

The European Union today is home to 23 official languages – Croatia will take it to 24 next year – and around 60 minority and regional languages, not to mention well over 100 migrant languages. Some will always be spoken more widely than others, but we value all of them equally. Each and every language embodies a unique cultural identity, and none should be sacrificed on the altar of efficiency.

At this point, I would like to pay tribute to the translation and interpreting services of the European Commission and Parliament, whose Director Generals are here with us today. No other organisation in the world functions in as many languages as we do, and we should be proud of the excellent service that we provide to our citizens day in day out, often under the most trying circumstances.

Our commitment to cultural and linguistic diversity belongs to the unique political model that the European Union has offered to the world over the last half-century. Europe’s openness both among its own nations and towards the rest of the world, I believe, constitutes the core of our ‘soft power’ for the years to come.

Of course, I am not naïve. I recognise that today’s economic crisis has raised serious questions about the future of European integration. I accept that our sense of solidarity is being stretched to its limits, and that many people question the benefits of a globalising economy. But in spite of these worries, I am convinced that Europe’s unique historic response to the question of diversity prepares us well for the knowledge-based society that has arrived.

At this point, I would challenge the idea, as others have done recently, that the rise of English as the global lingua franca is inevitable and without limits. Certainly, for many years to come, the dominance of English in global affairs seems set to continue. But history tells us something about the uncertainty that accompanies such trends.

In the words of the eminent linguist, Nicholas Ostler:

“None of us live long enough to see the course of development of a global language, although we may witness some of the salient events in one, such as the revival of Hebrew in Israel, the abolition of Russian from schools in the Baltic, or the growth of competence in English in Japanese students.

This inevitably gives the impression that these relatively sudden changes are where the action lies. By contrast, we are led to believe that a development that has taken centuries, such as the rise of English, is ultimate and unstoppable. These impressions are deceptive.”

Next to the question of Europe’s place in the world comes that of our economic future. Beyond today’s urgent task of solving the eurozone crisis, we must also address the deeper imbalances between our economies, and think carefully about the sort of economy we want to build. And this brings us to the question of education.

The European Commission estimates that, by 2020, around 15 million new jobs in Europe will require high-level skills. In 2020, about one third of all jobs will demand such skills. This is how the knowledge-based society translates into real needs and political choices.

The question facing the European Union is simple and stark: will we invest sufficiently in the modernisation of our education systems so that we can empower all our young people, irrespective of their social background and financial means, to develop their full potential as human beings?

Education now occupies a central place in the European Union’s economic policy-making. Many of you will be familiar with ‘Europe 2020′, our road-map out of the crisis and onto the path of smart, sustainable and inclusive growth. Among its five headline targets, ‘Europe 2020′ calls on Member States to expand tertiary education to 40 per cent of young people, and reduce the number of early school leavers to below 10 per cent.

Now, every year, the European Commission recommends policies to all of the Member States, advising them how to address the most urgent challenges to their economy, including through education and training.

Let me be clear. This new promotion of education within European policy-making is momentous. For it is precisely as a central pillar of education for the knowledge-based society that we want to position the learning of new languages.

This explains why the European Union’s future programme for education and training, ‘Erasmus for All’, includes language-learning and linguistic diversity as one of its six objectives. And I am happy to announce that in their negotiations on ‘Erasmus for All’, both the European Parliament and the Member States fully support this new, enhanced status for languages.

Ladies and gentlemen,

You will have the opportunity over the next two days to discuss ‘Erasmus for All’ in more detail, and I will only say a few words about the programme now.

Above all, we plan to finance three types of activity, and each of these will promote language-learning and linguistic diversity.

First, mobility. Since its creation 25 years ago, the ‘Erasmus’ programme has allowed more than two million young Europeans to study abroad. With a new budget that Member States are negotiating this autumn, we hope to expand this opportunity so that a much wider group of people can study, train or work abroad.

‘Erasmus for All’ therefore creates an historic opportunity to boost language-learning across the European Union. By 2020, as many as 900,000 people every year could be enjoying an EU-funded exchange, as pupils, teachers, students, trainees, youth workers or volunteers. Our ambition is to integrate language-learning into every mobility experience for all sectors of education. If we can achieve this, then we would dramatically increase the number of people of all ages who are exposed to new languages.

The second pillar of ‘Erasmus for All’ will support cooperation and partnerships between organisations. Our goal is innovation. Transnational projects encourage openness and excellence, and facilitate the exchange of good practice between institutions.

We will continue to support pan-European networks for language-learning and linguistic diversity. It is here that we must explore how languages interact with numerous other policy objectives in education. From early childhood education and care to ICT, language-learning should play a central role.

The third pillar of ‘Erasmus for All’ will support policy reform. One of the great strengths of European policy-making is our ability to learn from one another. The EU cannot interfere in national education and language policies – the Treaty forbids it – but we can help to identify policies that work. We can guide Member States and propose new ideas to them.

Ladies and gentlemen,

I have concluded with a more practical vision of languages within the European Union. Our new approach to education and training, embodied in ‘Erasmus for All’, responds to the urgent needs of European society and the desperate situation of Europe’s youth.

But let me be clear about one thing. Our attention to the economic role of languages in no way undermines our commitment to linguistic diversity as an objective in its own right. On the contrary.

Today, the European Union’s duty to protect and promote diversity is enshrined more securely than ever before. Our Charter of Fundamental Rights forbids any discrimination based on language, and declares that the Union must respect linguistic diversity.

It is our responsibility to ensure that our pride in these values is matched by an equal commitment to their realisation in daily life. I can assure you that the European Commission stands ready to do precisely that, and, in ‘Erasmus for All’, we will have a powerful tool.

Ten years after Barcelona, this is a moment to measure progress and draw lessons, and at the same time look to the future and imagine new opportunities. I believe we can do so with a sense of purpose and optimism.

This year saw the first-ever European Survey of Language Competences as well as a major poll of public opinion – the Eurobarometer. These two surveys have created a vast and comprehensive body of research, which will help us to design a new European benchmark on language-learning. The Commission plans to launch the benchmark in the near future.

The Eurobarometer and the Survey of Language Competences tell a fascinating story, and you will have the chance to explore them in more detail tomorrow.

The most important message that I took away from the research is that we all have a lot of work to do if Europe is to become more multilingual, but the general public recognises the importance of the task.

At the start of my presentation, I asked the question of whether language`s still matter. In the eyes of our citizens, languages have never been as important as they are today. The European Commission could not agree more.

Thank you“.

Commissioner Vassiliou, 27 September 2012
Limassol, Cyprus.

Interpreting Steve JOBS

LA PREPARACIÓN:

Para interpretar el discurso de Steve Jobs en la ceremonia de Stanford, recibí un mail con un enlace a la página de la universidad, concretamente a la transcripción del discurso. Por lo tanto, contaba con el texto que iba a leer Steve Jobs, o que previsiblemente iba a leer. A veces, los oradores se apartan de su propio guión, y entonces los intérpretes, aunque hayamos preparado el texto con antelación, no tenemos más remedio que dejar de lado el guión que hemos estudiado y trabajar “sin red”. (Afortunadamente, a Steve Jobs en esta ocasión no le dió por improvisar.)

Conste que había recibido en el mail también un segundo enlace, al vídeo de Jobs pronunciando su discurso. Como la idea de A Word in Your Ear era la de grabar una interpretación de una simultánea en las condiciones más parecidas posibles a la realidad, opté por no abrir este segundo enlace. De modo que escuché a Jobs pronunciar su discurso por primera vez mientras lo estaba interpretando en simultánea, como sucede en el contexto de trabajo real. (Si a Jobs le hubiese dado por improvisar, mala pata para mí, como sucede en la realidad.)

Para ajustarme a las condiciones de trabajo reales, también leí el texto por primera vez el mismo día que iba a interpretarlo, en un rato de descanso mientras trabajaba en una conferencia. Es lo que suele suceder: cuando tenemos la suerte de recibir un guión, solemos estar trabajando ya en la conferencia. Por lo tanto, no nos sobra el tiempo para prepararlo – los textos se suelen entregar, con suerte, menos de media hora antes de pronunciar el discurso, y si no hay suerte, y la fotocopiadora está lejos, después de que lo hayan pronunciado. Además, los recursos que podemos consultar en cabina cuando estamos trabajando son limitados, aunque si hay suerte, cuando disponemos de una conexión a Internet (como en este caso) tenemos acceso a diccionarios online y otras herramientas terminológicas. Otro factor que limita nuestras capacidades para preparar un discurso mientras trabajamos en una conferencia es el hecho de que tampoco podemos volcar toda nuestra atención en el guión: la conferencia continúa, en cualquier momento tenemos que intervenir para interpretar de una lengua dada que no cubren los compañeros y por eso no se puede “desconectar” completamente de lo que sucede en la sala para concentrarnos en preparar ese discurso que otro orador va a pronunciar más tarde.

Estas son dificultades comunes a la preparación de cualquier texto de un discurso que un orador vaya a pronunciar. Una dificultad adicional común de los discursos leídos -a diferencia de aquéllos en los que el orador habla libremente, sin apuntes, es la velocidad a la que habla (lee) el conferenciante! Aunque se haya preparado el texto (¡y menos mal!) el orador puede llegar a “escaparse” (y creo que a mí me sucedió), aunque casi siempre hay manera de volver a atraparlo.

En el caso concreto del discurso de Steve Jobs, lo que posiblemente me haya preocupado más al preparar el texto fue acertar con el registro justo en el que se dirigía a su público: llano, casi familiar, pero emotivo. Y lo más difícil fue encontrar una fórmula adecuada para la conclusión, el “mandamiento” que dirige a los estudiantes. Mi guía para ser fiel al mensaje del original fue la siguiente pregunta: ¿si el propio Jobs hubiese pronunciado su discurso en castellano, qué les hubiera dicho a los alumnos? Para mí, interpretar es elegir las palabras con mucha libertad, pero buscando el máximo de fidelidad a la idea y emociones que el orador ha querido expresar.

En conclusión: siempre, siempre se agradece recibir el texto escrito de una intervención antes de escucharla – pero esa gran ayuda no impide que interpretar un discurso en simultánea sea todo un reto.

Carmen Gómez Von Styp, intérprete funcionaria del SCIC, Comisión Europea.