Félix DE AZÚA, sobre lengua, educación y política.

UN TIEMPO PARA RESISTIR Y OTRO PARA RECORDAR

Todos los recién nacidos crecen en un mundo que se acaba de crear para ellos, un abigarrado paraíso sin serpiente. En cuanto tienen un mínimo uso de razón descubren cosas, asuntos y personas que son tan nuevos como ellos mismos, descubren reflejos en los muros, figuras que se parecen como dos gotas de agua, secuencias de efectos, el día y la noche. El mundo es siempre un mundo de estreno para los recién llegados.

Cuando descubren que hay tal cosa como un pasado, que el mundo no ha sido siempre así sino que el mundo varía, cambia y se transforma, ya es demasiado tarde. En cuanto el adulto se percata de que hubo, años atrás, un tiempo pasado, inevitablemente le parece haber perdido algo porque descubrir el pasado es comenzar a ver el presente como un envejecimiento del mundo anterior. Aunque parezca paradójico, desde el punto de vista del adulto el hoy es más viejo que el ayer. De pronto el presente deja de ser fresco y vigoroso porque tiene ya los caracteres de lo que viene de muy atrás. No es que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, como escribía con tanta melancolía Jorge Manrique, es que en cuanto concebimos un mundo en tiempo pasado ya hemos cubierto de ceniza el tiempo presente, le hemos marcado arrugas y cicatrices.

Este proceso es fatal e incontrovertible. Vivir es ir produciendo pasado y sin él la vida sería imposible porque carecería de sentido, nos volveríamos locos. Es más, sólo los locos pueden vivir en el puro ahora. Gracias a la invención del pasado logramos hacer llevadero el dolor y la decadencia del presente de un modo continuado que comienza mucho más temprano de lo que parece. En compensación, el gozo, el deleite, la fruición suspenden el presente y el pasado, los reúnen en un instante único sin sucesión. El placer nos saca de nuestras casillas y nos permite vivir fuera del tiempo, de modo que al placer más democrático lo llaman “la pequeña muerte”. También el extremo dolor nos saca de quicio: el torturado vive en un instante que no tiene pasado ni futuro y se sostiene sobre una tensión mortal.

Los niños actuales ven a sus padres pasear por la casa hablando solos con un adminículo pegado a la oreja. Les ven por la noche sentados frente a un emisor de imágenes coloreadas. Oyen voces sin cuerpo y cuando se fijan comprenden que están saliendo de una cajita metálica con botones. Las calles son ríos tempestuosos de hierro y gases. Los alimentos, incluida el agua, llegan envasados y por lo tanto nunca más serán substancias. Para ellos una parte considerable de la experiencia se enciende y se apaga a voluntad con un gesto de la mano. Cuando descubran que todo eso fue en el pasado, será porque su mundo presente no tiene misterio. Habrá comenzado otro ciclo de costumbres y técnicas y las pasadas se habrán cubierto con un velo poético, como para nosotros las palomas mensajeras o el telégrafo.

Edmund Gosse recuerda que, en su infancia, lo más codiciado era la pastilla de acuarela color carmesí con la que su padre, biólogo marino que estudiaba e ilustraba los moluscos de Cornualles, adornaba sus acuarelas. Aquel carmesí estaba hecho de cochinillas parasitarias machacadas, como las que en la actualidad aún se cultivan en Lanzarote, y era tremendamente caro. Si el niño se portaba muy bien, su padre le dejaba dar una diminuta pincelada de carmesí en la lámina sobre la que trabajaba. Esto lo escribe Edmund Gosse en una biografía inmortal, cuando ya podía comprar carmesí a un precio normal en las tiendas de suministros para bellas artes de Bloomsbury.

Estamos condenados a amar lo que ya ha sido, lo que fue, simplemente porque ya no es. Todo lo que ya no es tiene el carácter fijo, inalterable, profundo e inquietante de las obras de arte, porque las obras de arte, hasta hace pocas décadas, eran puro pasado cristalizado. Yo he visto llegar las barcas de pesca, al atardecer, a la playa de Vilasar, cargadas hasta la borda. Una vez encalladas en la rompiente, los marineros las empujaban arenas arriba sobre largas vigas engrasadas. Nunca podré arrancarme de la memoria el crepúsculo marino, los peces vivos saltando sobre las cestas de anea, los pescadores descalzos empujando las embarcaciones y cantando rítmicamente para ir todos a una. Esa escena no volverá a existir nunca jamás. Es la imagen detenida de un mundo que entonces era nuevo para quien lo vio y ahora es tan lejano que parece no haber existido jamás, como un paisaje de Poussin.

Pero mi padre no acudía al desembarco de los pescadores porque para él carecía de novedad. Por el contrario, recordaba, y así nos lo contaba, cuando de niño se bañaba en esas mismas aguas y los peces que ahora había que ir a buscar en alta mar los tenía él al alcance de la mano en unas aguas transparentes habitadas por miles de seres plateados que ni siquiera huían del bañista. Nosotros (decía), los niños nuevos, ya no habíamos conocido el mar prístino y salvaje de cuando él era niño. Cada generación ha conocido un mundo más puro que el de la siguiente generación. Y sin embargo el mundo es siempre igualmente puro para el recién nacido, porque la pureza del mundo es el recuerdo.

Bien puede darse que una época sea objetiva o razonablemente nefasta. Da lo mismo. En cuanto se convierta en pasado se esfumarán los ácidos corrosivos, la maldad intrínseca de cada instante, y se adonizará. Así oía yo hablar a mis tíos y abuelos sobre la guerra civil. Un tiempo espantoso, años de muerte e insoportable necedad. Sin embargo, ellos recordaban aquellos días en el frente, con el frío gélido, el horizonte estepario y el rancho escaso, como años magníficos de su vida y se diría que estaban dispuestos a regresar. Incluso las mujeres que se habían quedado en la ciudad y luchaban todos los días por la supervivencia, recordaban entre carcajadas el conejo criado en el balcón que luego nadie quería sacrificar a pesar del hambre. El tiempo pasado sólo conserva su maldad para quienes lo cultivan en el presente y lo quieren mantener vivo y maligno. Los mercaderes de la venganza, por ejemplo.

Y no es imprescindible ser un niño. Yo he paseado por el Museo del Louvre cuando ya era adulto y aquellos tesoros comenzaban a llamar mi atención, completamente solo y oyendo el crujir de los tablones de madera del suelo como una música fantasmal. Y recuerdo deambular por aquellos museos vacíos, silenciosos, cargados de una vida poderosa, en los que cien miradas te escrutaban desde los muros, como los arqueólogos deben de recorrer las tumbas recién abiertas en Mesopotamia o Irak. El aire de esos lugares tiene un frío propio, un aroma de líquido encerrado en un pomo durante siglos y que al destaparse te devuelve lo que alguna vez respiraron los más antiguos, su aire, su aliento resucitado.

En un casi desconocido Hemingway recién publicado en España (“Sobre París“, Elba), el muy joven escritor muestra su faceta de artista a los veintitrés años, porque ya es capaz de recordar un lugar en el cual sólo el pasado tiene la belleza de lo inalterable, a pesar de haber vivido allí la destrucción y la muerte. Fue en Schio, durante la Primera Guerra, “uno de los lugares más hermosos de la tierra”. La pequeña aldea del Trentino, apoyada en los Alpes, formaba parte de su experiencia del dolor y la desesperación, pero no por eso dejaba de ser “un lugar maravilloso para ir a vivir cuando terminara la guerra”. Hemingway era demasiado artista como para no construir adecuadamente el recuerdo, de manera que regresó una vez concluidos los combates para encararse con el presente. Lo encontró todo reconstruido o a medio reconstruir.

“Una ciudad reconstruida es mucho más triste que una ciudad devastada”, escribe entonces, en el presente, cuando es ya forzoso que el pasado cristalice en una imagen bella e imborrable. “Un pueblo arrasado en tiempos de guerra siempre (tiene) dignidad, como si hubiera muerto por una buena causa (…) De todo ello ahora sólo quedaba una nueva y fea futilidad”. La tremenda injusticia de este juicio, desconsiderado hasta la crueldad con quienes precisan una nueva morada después de haberlo perdido todo, es la prueba perfecta de que para mantener un pasado es imprescindible cubrir de ceniza el presente. Y la memoria, la potencia creativa de la memoria, es por completo amoral y egoísta.

La construcción del pasado es una construcción del deseo y el deseo es egoísmo puro. Todo lo que para nosotros es significativo de nuestra infancia y juventud no es sino una proyección de los deseos que no pueden cumplirse en el presente, en la madurez o en la vejez. Como fruto del deseo, en efecto, “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, y es imposible no creerlo así, porque entonces nos quedaríamos sin deseos, los cuales suele decirse que tienden al futuro cuando es todo lo contrario, siempre tienen la forma del pasado. Es importante, sin embargo, ser consciente de que ese pasado deseado en forma de futuro, es una ficción, es un poema, es un arte que conmueve nuestros más escondidos apetitos.

Ahora que la turbulencia del tiempo ha tomado la forma metafísica del dinero en su estado más abstracto, me pregunto cómo será cuando se convierta en el pasado de alguien. Así, por ejemplo, ¿cómo recuerdan los homosexuales aquel tiempo en que parecía que iban a morir exterminados por el SIDA? Algunas novelas, como la magnífica “The Hours“, ya han comenzado a convertir en un pasado luminoso el tiempo de aquella muerte universal y monstruosa. Incluso aquel tiempo horrible puede comenzar a verse ahora como un pasado en el que tanto sufrimiento hizo posible el heroísmo, la entrega, la amistad absoluta, el rescate de tanta humillación, el manantial de una nueva dignidad. En aquel tiempo el destino había tomado la forma de una plaga asesina, ahora tiene la forma de la ruina. ¿Cómo lo verán aquellos que sean hoy tan jóvenes como para no percatarse de que ésta es una materia privilegiada para el recuerdo? Los años de la ruina llegará un día en que sean aquellos en los que algunos vivieron lo mejor de sus existencias.

Tiendo a creer que también entonces, dentro de veinte años, los que ahora son jóvenes recordarán los años de la ruina como aquellos que les obligaron a tomar decisiones, a emigrar, a descubrir otros países menos agónicos que el nuestro, los que les dieron la oportunidad de empuñar su vida con audacia y decidir por sí mismos en lugar de obedecer consignas, los que dieron nacimiento a tantas ideas e iniciativas que se pusieron en marcha gracias a la penuria, los que acabaron con la sumisión a las burocracias, las ideologías arcaicas y el gregarismo.

Eso será dentro de veinte años, cuando ya sea una forma de pasado. Mientras tanto, mientras sea un presente sin pasado, tiene la forma de la negación misma de la vida. Se trata, como siempre, de resistir hasta que podamos exponer esta penuria en la peana del recuerdo y transformarlo en deseo, por extraño que ahora nos parezca. Entonces nos habremos salvado, aunque muchos estaremos criando malvas.

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País.

F. XAVIER VILA: language problems in Catalonia?

Un nou conflicte per saber qui mana

 A finals del 2012 s’ha encetat a Espanya un nou capítol de la lluita centenària per veure com s’organitza la seva coexistència lingüística. Pocs dies després de les eleccions del 25 de novembre al Parlament de Catalunya que van donar una àmplia majoria als partits favorables a organitzar una consulta d’autodeterminació d’aquesta nacionalitat autònoma, el ministre d’educació espanyol va fer públic un projecte de llei que va provocar un enèsim terratrèmol polític. El motiu? Més enllà de les acusacions d’afavorir unes visions neoliberals i reduccionistes de l’educació, el conflicte va esclatar sobretot a causa del paper que la llei atorgava a les autoritats de Madrid en la supervisió del sistema educatiu i pel tractament que atorgava a les llengües altres que el castellà, que és el nom constitucional —a més d’històric i demogràficament majoritari— de la llengua espanyola a Espanya.

Anem però als fets. Atenent-nos estrictament a la seva lletra, és innegable que el projecte implica que el govern espanyol s’atorga unilateralment un grapat de competències: entre altres coses, si aquest projecte es duu a la pràctica, el govern central dictarà el 65% dels currículums escolars, és a dir, convertirà en anecdòtica la capacitat de les autoritats territorials, de les escoles i dels mestres d’adaptar els continguts a les seves circumstàncies. Un nen de les Canàries, al nord d’Àfrica, i un del País Basc, a tocar de França, cursaran essencialment la mateixa història, geografia, medi natural… A més, és igualment innegable que el projecte, almenys en la seva formulació inicial, converteix les llengües que no són el castellà i la primera llengua estrangera en matèries secundàries. N’hi ha prou de veure que mentre les primeres hi són considerades “matèries troncals”, és a dir, centrals per a la formació de l’alumnat, les altres no apareixen al projecte més que com a “matèries d’especialització”. De fet, inicialment el projecte del Ministeri fins i tot preveia que l’alumnat dels territoris amb llengües pròpies altres que el castellà podria obtenir els successius títols d’escolarització primària i secundària havent de dominar el castellà però sense saber la llengua pròpia del territori on vivien, un presumpte lapsus que diu molt de la ideologia de qui promou l’esborrany.

El projecte obre un altre front en el terreny de la llengua vehicular. Cal tenir present que Espanya és un dels països més plurilingües d’Europa: un 40% de la seva població resideix en territoris amb més d’una llengua oficial, i encara hi ha altres territoris on les llengües pròpies no són oficials però tenen reconeguts cert estatus i són presents a les escoles. Fins ara, el disseny dels models lingüístics escolars ha depès de les autoritats autonòmiques, i aquestes han optat per fórmules diferents: en alguns territoris hi ha sistemes de línies lingüístiques —on els pares trien la llengua d’escolarització dels fills—, en altres hi ha sistemes amb diferents proporcions de cada llengua, i també hi ha sistemes amb models lingüístics teòricament unificats per a tot l’alumnat. El propòsit del ministre és canviar aquesta situació per tal que a tot el territori espanyol sigui obligatori oferir-hi ensenyament en castellà. De fet, segons quina lectura es faci del text, la llei podria excloure l’ensenyament en llengües altres i obligar que almenys el 50% del currículum es fes sempre en castellà. Amb aquests plantejaments, el conflicte amb les autoritats territorials, sobretot amb Catalunya, resulta inevitable.

Cal no oblidar que els tres darrers segles, l’Estat espanyol ha dut a terme una política sostinguda d’assimilació lingüística, prohibint l’ús i l’aprenentatge de les altres llengües espanyoles i promocionant l’adopció del castellà com a llengua única. No ha estat fins després de la caiguda de la darrera dictadura militar, l’any 1978, que les altres llengües han pogut obtenir l’estatus d’oficialitat, i encara sota moltes condicions i no pas a tot arreu. En aquest context, l’escola ha estat la punta de llança dels processos de recuperació de les llengües minoritzades. Catalunya ha estat capdavantera en aquest terreny: aplicant sistemes d’immersió i convertint el català en la llengua vehicular principal del sistema educatiu, ha aconseguit passar d’un 31% de població alfabetitzada en català l’any 1986, a un 62% l’any 2008, i prop d’un 75% entre els joves. I aquest progrés del coneixement del català s’ha fet sense reculades en el coneixement del castellà, que continua estabilitzat entorn del 100%; sense afeblir els resultats escolars dels escolars, que de fet se situen una mica per sobre de la mitjana espanyola; i sense crear fractures socials entre els parlants de diferents llengües. De fet, l’acord en defensa del sistema vigent a Catalunya és força gran, com demostra el fet que 86% dels representants al Parlament de Catalunya donin suport explícit a l’actual model educatiu

Mancats d’arguments pedagògics i lingüístics per atacar el model escolar català, els detractors del model lingüístic escolar català se centren essencialment en un punt: el model no inclou la possibilitat de fer tot l’ensenyament en castellà. Aquest no és, però, un debat pedagògic, sinó polític, d’arrel clarament nacional(ista). Després de segles d’exaltació unitarista, per a un segment majoritari de l’opinió pública de l’Espanya castellana, la idea d’haver d’aprendre una altra llengua per viure “al seu país” resulta senzillament intolerable. Confonent els termes castellà i espanyol, bona part d’aquesta població es concep com la “normalitat” i viu la diversitat lingüística espanyola gairebé com una agressió. L’exemple d’altres països plurilingües com Suïssa, Bèlgica o el Canadà no són mai tinguts en compte. En canvi, per a una majoria de catalans, la plena integració “al seu país” demana que els nouvinguts acabin sabent la llengua local. I per fer-ho, res millor que educar els infants en català, sobretot tenint en compte que aquesta escola els garanteix saber també el castellà. Per contra, tal com mostren els resultats escolars de València i les Illes, els escolars que assisteixen a centres en castellà o molt bilingües rarament acaben aprenent la llengua local.

És en aquest context que cal entendre les reaccions a la nova llei d’educació. Per a amplis sectors de l’Espanya castellana, aquest és un projecte raonable que els permet passejar-se per la seva geografia prescindint de la llengua autòctona i imposant la seva perspectiva de la història, la geografia i, en definitiva, el món. Per a molts no castellans, en canvi, el projecte és una nova mostra de la tendència històrica del centre a imposar-se per la força als altres pobles d’Espanya. Un nou conflicte, per tant, per saber qui mana. Un nou argument, doncs, per a desvincular-se d’un estat que cada vegada senten menys com a propi.

F. Xavier Vila, professor titular de la Universitat de Barcelona y Director del Centre Universitari de Sociolingüística i Comunicació, ens parla dels models lingüístics escolars a Espanya.

Alumnos en fuego cruzado

El ministro de Educación, José Ignacio Wert, ha dicho recientemente en el Congreso que quiere españolizar a los alumnos catalanes. Por su parte, la consellera de Educación, Irene Rigau, dijo en un acto público en Barcelona en julio de 2011 que en Cataluña deberíamos estar todos orgullosos de haber catalanizado el sistema educativo. ¿No responden ambas posturas a posiciones político-partidistas ajenas a la educación?

Desde luego, estas posiciones no son nuevas en España, donde la educación ha estado tradicionalmente dirigida por políticos y ha servido más a los intereses partidistas que a los intereses de los alumnos. Lo más desesperante de todo ello es que ni unos ni otros parecen tener como prioridad el proporcionar a los alumnos una educación moderna, abierta, conocedora de lo propio, pero a la vez cosmopolita, exigente, reflexiva y crítica. Parece ser más importante españolizar o catalanizar, y a ello se dedica tiempo, esfuerzo y también muchos insultos y agresividad, como constatamos cada día.

El sistema educativo catalán es, desde hace tiempo, criticado encendidamente por unos y defendido a ultranza por los otros porque en él se usa una sola lengua vehicular, el catalán. Como es bien sabido, esta es la lengua en la que se desarrolla toda la actividad escolar y el español es enseñado como asignatura durante tres horas a la semana. Recientemente, a partir de las declaraciones del ministro Wert en favor de españolizar a los alumnos catalanes, un nuevo aspecto del sistema educativo catalán está siendo objeto de enfrentamiento entre los dos bandos: los contenidos de las asignaturas de Historia y Geografía. La cuestión de la lengua vehicular, no obstante, sigue siendo motivo de disputa y posiblemente lo seguirá siendo durante tiempo. En este artículo hablaré de esta cuestión.

La situación en la que nos encontramos parece ser, brevemente, la siguiente. Para Rigau y sus defensores, el catalán debe continuar siendo la única lengua vehicular en las escuelas de Cataluña. El llamado sistema de inmersión es considerado por la Generalitat el sistema-único-posible para todos los alumnos catalanes. Hace ya tiempo que fue definido como una “línea roja” infranqueable y cualquier objeción a este modelo, sea del tipo que sea, es inmediatamente rechazada como un ataque al catalán. Se nos dice que el sistema actual es fruto de un amplio consenso ciudadano en Cataluña, a pesar de que no disponemos de ninguna encuesta o estudio de opinión por parte de una institución independiente que avale esta afirmación.

Por su parte, para Wert y sus defensores la única preocupación está del lado del español y raras veces expresan interés en que todos los alumnos también reciban un buen aprendizaje del catalán. A ello se añade el que este bando parece percibir la ausencia del español en las aulas catalanas como una ofensa a ellos y a España, hacia la que reaccionan de forma extremadamente beligerante. Es posiblemente esta sensación de ofensa lo que les atenaza y les impide concretar qué modelo alternativo quieren. A veces dicen que optan por una escuela bilingüe catalán-español para todos los alumnos, y otras veces, por una doble red, con unas escuelas en español y otras en catalán, y la consiguiente elección de una red u otra por parte de las familias. La última idea ha sido, no obstante, otra: querer subvencionar escuelas privadas en Cataluña para que impartan la educación únicamente en español.

Así son las posturas y así son los intereses partidistas de cada bando. Sin embargo, ¿cuáles son los intereses de los alumnos? ¿Cuáles son sus necesidades lingüísticas? ¿Qué es más útil para ellos? ¿Qué es más enriquecedor? ¿Cuál es el deseo de la mayoría de alumnos, el conocer y saber usar bien una lengua o las dos? Tal vez ha llegado la hora de pensar en los alumnos y en lo que es mejor para ellos.

Si analizamos la cuestión objetivamente, parece claro que las necesidades lingüísticas de los alumnos catalanes pasan por el aprendizaje sólido y en profundidad de ambas lenguas, el catalán y el español, además de un aprendizaje adecuado del inglés, cuestión esta de gran calado, pero que no discutiré ahora. Para poder realizar un aprendizaje de ambas lenguas oficiales en condiciones y de manera equitativa para todos los alumnos, estos deberían poder aprender ambas lenguas en la escuela (y no una en la escuela y la otra en la calle), recibiendo asignaturas en ambas, familiarizándose con la terminología académica de ambas y disponiendo del espacio para realizar trabajos escritos y presentaciones orales en ambas. El objetivo prioritario de las escuelas debería ser el de reflejar la realidad bilingüe de Cataluña y equipar a los alumnos para desenvolverse adecuadamente en ella. Aquí debería terminar su función en el campo lingüístico.

El sistema de inmersión que se practica en Cataluña es único en Europa. Ninguna otra comunidad bilingüe de Europa lo ha implementado. Todas ellas han optado por uno de estos dos modelos: una doble red de escuelas, como, por ejemplo, Gales, con una red de escuelas en galés y otra en inglés, o el modelo de escuela bilingüe o trilingüe, como Luxemburgo, donde todas las escuelas imparten la educación en las tres lenguas del país. Nadie nos quiere explicar por qué en Cataluña se ha optado por un modelo monolingüe obligatorio para todos los alumnos, inédito en el resto de Europa. ¿Qué razón pedagógica hay? Nos tememos que ninguna, que el motivo es de otro orden, el de siempre, político.

No es la escuela monolingüe sino la escuela bilingüe la más acorde con los estudios académicos internacionales sobre aprendizaje escolar de lenguas, estudios que ni un bando ni otro citan nunca. Expertos como Jim Cummins, Colin Baker o James Tollefson han demostrado en sus investigaciones que en las comunidades bilingües, la escuela bilingüe, a diferencia de la escuela en una sola lengua, es un modelo más integrador, más efectivo cognitivamente, más adecuado desde un punto de vista afectivo y posiblemente la única manera de proporcionar una alta competencia en ambas lenguas a la mayoría de alumnos.

Sin embargo, lo que sucede en Cataluña es lo contrario de lo que es deseable desde un punto de vista educativo: los alumnos se encuentran actualmente en fuego cruzado, supeditados a unos que les quieren catalanizar y a otros que les quieren españolizar. Los alumnos catalanes son claramente los grandes perjudicados por esta suplantación de su educación lingüística por ideología partidista. Por esta razón es necesario seguir insistiendo en que, tanto en Cataluña como en el resto de España, la educación debería estar únicamente al servicio de los alumnos y los programas escolares deberían guiarse solamente por criterios pedagógicos. En el caso que nos ocupa, sería una educación bilingüe catalán-español la que cumpliría con estos requisitos.

Mercè Vilarrubias es catedrática de lengua inglesa en una de las Escuelas Oficiales de Idiomas de Barcelona y autora del libro Sumar y no Restar. Razones para introducir una educación bilingüe en Cataluña (editorial Montesinos).

Publicado en El País, seis de Noviembre 2012.

La inmersión lingüística en el contexto europeo, Mercè Vilarrubias

Publicado en El País, uno de Abril 2013.

La política lingüística como base de la independencia

Lengua y corrección política

Hace tan sólo dos días Miquel Roca Junyent publicó en estas mismas páginas un estupendo artículo en el que ponía de relieve el miedo a manifestarse públicamente en contra o al margen de lo políticamente correcto. Y añadía: “Mucha gente dice en privado lo que no se atreve a decir en público. Es más, mucha gente dice en público lo contrario de lo que dice en privado”. Si ello es cierto, en general, respecto a muchas materias, en Cataluña es especialmente exacto en un campo particular: en la política lingüística.

En efecto, el debate sobre esta materia está estrictamente delimitado: sólo se aceptan las voces que exigen una mayor imposición del catalán y se descalifica con todo tipo de improperios a quien se atreve a discrepar en sentido contrario. Ello genera un clima de temor generalizado que permite a las autoridades ir tomando medidas sin que en la opinión pública tenga lugar, previamente, discusión alguna. En todo caso, lo políticamente correcto consiste en decir que hay un gran acuerdo social en esta materia y que las críticas no son otra cosa que intentos de crear problemas donde no los hay. Ciertamente, alguna razón hay en ello pero, como solía decir un amigo mío respecto a otras cuestiones, la razón que hay es poca y, además, no es aplicable a este caso.

En efecto, la convivencia en nuestra sociedad entre personas que preferentemente hablan en castellano y las que lo hacen en catalán es modélica. Puede haber algunos casos de intolerancia, tanto por una como por otra parte, pero se trata de raras excepciones que no hacen otra cosa que confirmar la regla. En una tienda, un bar o una oficina pública, unos hablan con total libertad en catalán y otros responden con la misma libertad en castellano, o viceversa, y nadie se enfada, como es natural y propio de personas civilizadas y bien educadas. Todo ello viene facilitado por el hecho de que se trata de dos lenguas muy parecidas cuyo conocimiento es común a la mayoría de los ciudadanos: un reciente estudio muestra que en la región metropolitana de Barcelona el 90% de los ciudadanos entienden y hablan catalán y castellano. Por tanto, en la sociedad, es decir, en las relaciones entre ciudadanos particulares, el bilingüismo es usual.

Otra cosa, sin embargo, sucede en la esfera pública, en las relaciones entre poderes públicos y ciudadanos. Alegando el hecho cierto de que el catalán es una lengua minoritaria en el mundo y que el castellano es todo lo contrario, en Cataluña se fue creando en tiempos de CiU una legislación y una práctica en las instituciones políticas que casi ha eliminado el castellano de la vida pública, incluida la enseñanza primaria y secundaria. Con el nuevo gobierno tripartito, la política lingüística anterior de imposición del catalán en la esfera pública no se ha modificado y, además, se comienza a regular el comportamiento lingüístico de los ciudadanos en el ámbito privado: en especial, en las actividades empresariales y en las relaciones entre comerciantes y consumidores. Veamos.

Por un lado, a fines de año se promulgó un decreto en el que se exige a los proveedores de la Generalitat – los cuales facturarán este año 8.550 millones de euros, cerca de un billón y medio de pesetas – a etiquetar en catalán. Por el otro, en el proyecto de nuevo estatuto que elabora la ponencia parlamentaria, parece que hay acuerdo en obligar a etiquetar en catalán todos los productos no sólo fabricados sino también distribuidos en Cataluña.

Analizar la racionalidad de estas medidas nos llevaría a hacer consideraciones de distinto género: desde la legitimidad de los poderes públicos para regular ciertos ámbitos privados hasta el coste económico de tales medidas y la repercusión que ello tendría en la economía catalana y, por tanto, en el empleo y en el bienestar de los ciudadanos, pasando por la compatibilidad de todo ello con un mundo diverso y globalizado. ¿Deberá exigir un importador de productos de Extremo Oriente que éstos ya vengan etiquetados en catalán o una vez ya importados deberá efectuar los gastos adicionales correspondientes para cumplir con la normativa de la Generalitat? ¿Cómo repercutirá todo ello en el coste de la vida y en el ya excesivo diferencial de inflación de Cataluña respecto al resto de España? Más allá de los dogmas fundamentalistas identitarios, a estas preguntas deberían responder nuestros políticos si los controladores de la corrección política no lo impidieran.

Con todo ello, quizás estamos construyendo una sociedad que tiende a una cierta esquizofrenia: a un lado, los ciudadanos en sus relaciones lingüísticas privadas solucionan fácilmente y con naturalidad sus problemas de comunicación mediante el libre acuerdo; y, al otro lado, los poderes públicos están creando un sistema legal para que no sólo en la vida pública sino también, cada vez más, en las actividades privadas, se actúe de una manera muy distinta. ¿No hay algo de irrazonable en todo ello? Sobre todo si tenemos en cuenta que cada año aparecen datos estadísticos que muestran cómo decrece el uso social del catalán. ¿No será que la tendencia a imponer coactivamente una lengua es equivocada y resultaría mucho más provechoso para la salud del catalán dejar que aquello que es real en la calle – es decir, la libre opción lingüística – lo fuera también en las instituciones y en la normativa sobre el uso de la lengua?

Pero de todo ésto no se habla en público: la corrección política catalana lo impide.

Francesc de Carreras

Catedrático de Derecho Constitucional de la UAB

(La Vanguardia, 20-I-2005)